Yo fui acumuladora: cómo dejar de serlo

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Hola mis estimados lectores, ¿qué tal su día? Esta vez les vengo a exponer una problemática aparentemente inofensiva y bastante común: acumuladores. Creo que la mayoría hemos visto esos programas de Tv que enseñan la vida de estas personas, y lo primero que nos causa, al menos a mi es tristeza.

En países del primer mundo estas personas son aisladas y no representan una mayoría, ayuda también su estilo de vida, ya que al ser personas prácticas, con poder adquisitivo y con una vida rápida crean máquinas, alimentos, muebles y casas que ayudan a ese propósito, por ejemplo los sótanos para usar como bodega casera, las casas amplias, las cocinas enormes para mejor organización, etc. Por eso en esos países es raro ver a alguien acumulador, además del factor pobreza que en esos países no existe.

El factor pobreza es sumamente importante, ya que en México es un agravante este problema que se ve como algo normal, es decir, la gente acumula en un instinto de conservar cosas que pudieran servirle en un futuro, además de que aqui abunda la gente que no tiene los medios para invertir en la practicidad, pues aqui la practicidad es muy cara y la gente entonces recurre a los muebles improvisados con cajas (buró de cartón, muebles de cocina de caja), sábanas por cortinas, patios llenos de bolsas con cosas debido a la falta de sótanos en nuestra cultura, y por supuesto guardar cosas inservibles en cajas y bolsas y al no existir espacio dejarlas a la interperie causando un deprimente aspecto.

Yo fui acumuladora nivel leve, es decir, observaba que en mi familia guardaban muchas cosas en bolsas y las ponían en lugar de muebles, créeme que lo empiezas a ver normal y si tu mente es débil y corta entonces creerás que no importa el aspecto de tu casa. Mi casa por ejemplo siempre lució linda, pero notaba que mi madre organizaba todo en bolsas, que como era acumuladora nivel leve lo escondía muy bien a través de muebles bonitos que a simple vista no daban impresión de que ahí vivieran acumuladores. 

Cuando tenía 9 años era muy ordenada y se me acostumbró a arreglar mi cuarto, mis padres me obligaron al maravilloso hábito del orden, pero empecé a guardar todo y no por pobreza, mas bien en la familia materna habían signos de pobreza donde habían acumuladores moderados que a través de las generaciones lo inculcaron aunque las nuevas generaciones mo padecieran pobreza, yo más bien siempre he sido sumamente sentimental y así como le daba valor a las personas se lo daba también a las cosas materiales, y no me refiero a que sea materialista, sino a que guardaba la blusa con la que conocí a una amiga especial, guardaba las ligas de cabello percudidas porque las había usado en un verano fantástico y me traian recuerdos hermosos, guardaba ese suéter con el que había vivido un momento maravilloso y único. 

En sí mi caso de acumulación de porquerías y chucherías se debió a dos factores: valor sentimental y miedo a perder ese objeto que podría utilizar en un futuro, ese miedo maldito es el que tiene a los acumuladores en el fango, pero salí de él. 

Simplemente un día desperté y me dije a mi misma que era estúpido guardar recuerditos de los xv años, bautizos, ¿para qué quería algo que no cuadraba con la decoración de mi hogar? Luego otro día me enojé demasiado por no encontrar la ropa que yo quería ponerme, y al revisar todo enojadísima me daba cuenta que tenía prendas de vestir que ni sabía que existían, entonces fue cuando vino a mi ese cambio de conciencia, y todo eso que menciono pasó a los 13 años. Pues bien, prosigo, a los 9 años era ya ordenada con mi recámara y levantaba yo todo y trapeaba, pero tenía mal gusto porque no combinaba bien mis muebles, y al entrar a la pubertad tenía mis juguetes de la niñez en un tambo, y esa transición fue tan dura que quería conservar mi ropa infantil, ya que a esa edad uno no se da cuenta pero de pronto empiezas a exigir ropa de puberta o adolescente, y en el clóset hay tanto ropa de niña púber como de una niña menor de 10 años, abría mi ropero y veia ese suéter de colores que se asemejaban a un payaso infantil con un pantalón sexy a la cadera, y a los doce años, harta de esa revoltura ocupé los cajones para guardar ahí mi ropa infantil que ya no usaba. Me negaba a tirarla por amor a los recuerdos.

Pero un día, cansada de que mis calcetines, ropa interior y ropa casual estuvieran en un mismo apartado del clóset sin organización, abrí los cajones enfurecida y empecé a tirar toooooodo, para que tengan una idea les describiré cada uno: en un cajón tenía cosas que rescataba cuando limpiaba mi cuarto: cajas de regalo, llaveros con formas horrendas que no sé porque guardaba, labiales sin contenido (los guardaba para que al comprarlos nuevamente recordara yo el tono de labial, y jamás sucedía), pinturas de uñas secas, tornillos, cajas de perfumes, bisutería rota, tirantes de brasier, moños de la infancia y en conclusión: basura. Parecía el escondite secrero de un gato que escondía todo lo que iba robando. Ese cajón dennotaba mi problema de acumuladora por el miedo inconsciente de quedarme sin nada y recurrir a ese cajón por si necesitsba algo, pero harta de ese pensamiento donde nunca ocupaba nada y necesitada de espacio, puse todo en una bolsa listo para tirar. El segundo cajón tenía suéteres de la infancia que deseaba conservar para recordar siempre, en otro cajón tenía libretas de la primaria, en el otro tenía pantalones  y vestidos de la infancia, en el otro blusas que jamás ocupada y en el último ya no recuerdo pero seguro era basura, y esos cajones exponían mi problema de acumulación por el valor sentimental, pero harta de no tener una correcta organización tomé toda esa ropa y lo tiré todo. 

Cuando por fin tenía mis cajones vacíos, acomodé por fin todo lo que ocupaba, en uno puse calcetines y ropa interior, en otre puse mis blusas que sí usaba, en otro puse todos mis accesorios de cabello y bisutería que sí usaba, en otro todos mis productos de cabello y productos de tocador (cremas, desodorantes y todo lo que en España le llaman ‘potis’), y en los demás ya no recuerdo. Me sentí tan liberada de poder saber donde estaban mis cosas y arreglarme mejor gracias a la nueva organización que prometí no tomarle valor a las cosas.

Cuando lo hice, mi madre me felicitó y me dijo algo que se me grabó mucho: me dijo que dejara ir todo aquello del pasado para que le diera la bienvenida al futuro y le diera lugar a cosas nuevas que me comprara, y que no me preocupara por los recuerdos, ya que mientras existan en mi mente jamás se van a ir y un suéter no iba a detenerlos, sólo iban a estorbar. Cuando mi madre me aprobó me sentí genial y juré no tomarle valor a las cosas, mi madre lo reprobaba, ella acumulaba pero era nivel muy leve, incluso más que yo, más bien ella no sabía organizar sus cosas y las guardaba en bolsas aunque ella sí ocupada todo, no guardaba basura, de repente se ponía a organizar y veia que guardaba cassetes, cartas y cosas así pero las tenía muy escondidas y eran muy pocas cosas, a ella le ayudó que a pesar de vivir con familiares que son acumuladores moderados, ella es muy despegada de lo material y me lo transmitió, yo de hecho no vendo mis cosas, las regalo.

En fin, prosiguiendo con mi relato, la acumulación no se fue del todo, es verdad que ya mi clóset estaba en orden y cada mes lo acomodaba porque me da náuseas no tenerlo organizado, pero cuando entré a la preparatoria me costaba deshacerme de mis recuerdos de una de las mejores épocas de mi vida: la secundaria, y fue peor cuando iba en la preparatoria porque ahí el curso escolar es por semestres y ansiaba conservar mis libros y libretas, y como mi cuarto era muy pequeño, cada que pasaba de semestre guardaba todo en bolsas de basura abajo de mi cama, pero un día me desesperé de asomarme abajo de la cama y ver un enorme bulto negro que hacía que no se viera el azulejo del piso, dicho bulto estaba formado de bolsas negras repletas de libros y libretas de los semestres anteriores, y me harté, no niego que me daba miedo porque al vivir en un lugar tropical todo eso lo complican los animales, pero jalé una bolsa y al abrirla no vi nada, pero al jalar la tercera ¡me salió una araña! Salí corriendo de ahí y mi padre me ayudó y al revisar las demás bolsas salieron otras arañas más, así que decidí tirar todo y no quedarme con nada. Cuando mi cama quedó  vacía de la parte de abajo, juré no conservar libretas, entonces lo que hice fue forrar una caja con forro blanco, recortes de mis cantantes favoritos de aquella época y papel contact, y ahí ponía mis libretas del semestre en curso, ya que no se llevan todas las materias en un mismo día, pero al finalizar el semestre me percaté que habían restos de cucarachas hasta el final de mis hojas sobre la caja y pensé en algo más práctico. Tiré todo y preferí mejor poner mis libros y libretas del semestre en un cajón de mi ropero. Al finalizar, lo tiraba todo y lo suplía por los nuevos libros y libretas. En una ciudad tropical es imposible guardar libros o libretas a menos que tengas limpieza diario y por mi vida escolar de aquel entonces me era imposible. 

A los 18 años me di cuenta que arriba del clóset aventaba cosas que no podía organizar en otro lado, como plancha de ropa, tenazas y planchas para el cabello, bolsos y lo hacía porque mi cuarto estaba casi vacío de lugares para guardar, y ahí fue la última vez que permití eso, tiré absolutamente todo y mi cuarto quedó por fin vacío de basura. Me asomaba abajo de la cama y estaba vacío, veia a los rincones y no había nada que estorbara, el clóset estaba organizado perfectamente y ya no tenía cajas para poner libretas. Cada proceso llevó años, y es todo lo que les he relatado. 

Siempre fui ordenada y de arreglar mi cuarto, de hecho la primera vez que tiré cosas en masa fue a los 9 años cuando saqué todos mis libros y libretas de la primaria. Yo desde los 9 años me hice el hábito de arreglar mi cuarto y desde los 18 abandoné toralmente esas prácticas de guardar todo, y mi padre también ayudó porque él odia guardar cosas inservibles.

Pasaron mis 19, 20 años hasta mi edad actual en la que no pongo nada abajo de mi cama, ya que si de repente me asomo y veo aunque sea un zapato me pongo loca, abajo del tocador tampoco hay nada, entro en crisis de ansiedad si me asomo y veo aunque sea un cable, en los burós no tengo nada mas que lo útil: en el de la derecha tengo un cajón con mi agenda, lapiceros, post it para anotar cosas cuando me hablan por teléfono, y también guardo ahí mis lentes de sol. Es de verdad bellísimo cuando debo anotar algo y voy a ese cajón que me salva o cuando debo salir y sólo abro el cajón apra coger mis lentes. En la puerta de ese buró tengo revistas y cosas referentes a mi titulación pero lo reviso cada semana. En el otro buró tengo sobre el cajón medicamentos, y cables usb y del celular y iPad, y también guardo ahi mis gdgets, y en la puerta tengo bolsos de mano que sí ocupo. El tocador luce vacío sobre donde posa el espejo, no soporto ver tocadores repletos de perfumes, y todo lo organizo en mi clóset.

Eso si, desde los 14 años fui consciente de la decoración y no sobrecargaba nada, ponía todo del mismo color y si me regalaban por ejemplo un dulcero, florero o lámpara fea, lo tiraba o regalaba, desde ahí siempre fui celosa de respetar mis gustos y me gusta que todo sea a mi manera, no soportaba en ese entonces ver sobre mis paredes rosa algo que desentonara como un florero verde.

Llegué con una terapeuta a la conclusión de que siempre fui ordenada, aseada y fanática del orden pero al ver a la familia de mi madre que acumulaba , me quería acostumbrar a eso, pero mi parte ordenada, mi consciencia real y mi verdadera esencia de niña fanática del orden se antepuso, peleó con la personalidad creada por mis familaires de niña acumuladora y triunfó la verdadera yo,

Entras a mi habitación y parece que no tengo nada mas que los muebles, quizá si entras te resulte imposible creer que tengo gadgets, mucha ropa, muchos zapatos y muchos perfumes (que sí ocupo) por lo bien organizado que se ve. Incluso mi ropa está ordenada por colores, empezando desde el blanco hasta el negro, así de extremo es mi orden. No aguanto ver algo desacomodado en el clóset ni soporto ver cepillos de peinar sobre el tocador, y para dormir bien debe estar vacío abajo de la cama, y eso me pasa desde niña, una vez vinieron unas niñas latosas a vistarme y destendieron mi cama y desorganizaron todo y me puse histérica y las puse a arreglarlo de nuevo jaja.

Cuando estoy con mi novio, igual nos ponemos a tender la cama, y lo pongo a barrer y a trapear porque me da asco andar en la calle y pisar donde miles de gentes han pisado y que eso entre a mi habitación, por eso trapeo cada dos días.

Sí se puede, anímense a decirle adiós a los recuerdos y denle espacio al futuro que traerá hermosos momentos, son recuerdos que están a punto de venir a ti y que apenas vivirás. 

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. oreomunnea dice:

    Muy interesante tu patrón de guardar cosas, compañera Gatinha; esa es una costumbre ampliamente distribuida en México, aunque difiero en cuanto a lo que dices sobre lso países desarrollados; los espacios amplios y la propiedad de casas son la norma en Estados Unidos y Canadá, pero recuerda que gran parte de la población europea reside en apartamentos (o pisos, como les dicen en España) con una extensión relativamente reducida y en donde los espacios grandes de almacenamiento como lso áticos o los sótanos brillan por su ausencia, de hecho, la existencia de ampliso espacios habitacionales en Norteamérica anglosajona los hacen acumular una cantidad bestial de cosas que ya no necesitan. Estoy de acuerdo que acá es más una acumulación por el lado de llenar con cosas las casas y así tratar de ocultar la pobreza que se vive. Yo personalmente he acumulado un par de consolas de videojuegos, numerosos cartuchos de juegos de plataformas antiguas, y sobre todo libros; yo jamás he tirado mis libros universitarios o de postgrado, para mi son tesoros ya que contienen muchos conocimientos y herramientas de trabajo; eso si, como soy hombre yo no acomodo la ropa con un patrón similar, simplemente la cuelgo donde caiga. Saludos cordiales amiga, espero nuevos temas tuyos pronto.

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